María cogió las maletas, puso ropa para un ejército entero y se fue..
Pensaba visitar sitios donde conocía gente, pero no sabía donde acabaría, era el momento ideal para hacer una locura, no necesitaba esta vez ni acompañantes, ni destinos programados, ya pensaría el donde durante la marcha.
Por el camino pensó en ir a ver a un gran amigo suyo, Aurelio en aquel pueblo tan parecido a los de los Pirineos.
Llegó, no había ninguna habitación en el hostal, estaban en fiestas.
Entró en "entre mundos" un bar del pueblo, enseguida la localizaron, la sorpresa fue mejor y más agradable de lo que esperaba.
Aurelio estaba, era difícil de encontrar sin previa anunciación, pues era un cantautor y en verano tenía muchas actuaciones en uno o otro pueblo, pero allí estaba como si no hubiese pasado el tiempo, ningún problema se quedaría en su casa. Pero se fue al camping, María sabía que supondría todo aquello, y alquilo un bungalow.
Esa noche Aurelio tocaba en la Plaza Mayor, allí estaba María escuchando la canciones de Rosanna, esas que aunque no eran suyas las cantaba también desde el alma.
Se acabó la actuación y empezó a tocar la banda de turno de esa noche.
María, se fue a bailar algunos la siguieron. Llevaba aquel vestido rojo que hacía estremecer a cualquiera, iba segura y distante, vibraba con la música. Como siempre bailaba sola, primero desaparecían las mujeres del alrededor, después los novios y maridos, solo quedaban los que estaban solos, siempre le dejaban espacio para bailar, algo que agradecía. No daba opción a que se acercara nadie, no le gustaba que la molestaran cuando bailaba, y si veía peligro inminente se escapaba y se refugiaba entre los amigos.
Esa noche levantó la cabeza y le atrapó una visión, un muchacho de pelo largo y negro, y no podía apartar los ojos de el. El se acercó le pidió bailar -¿bailar? estoy bailando, pensó María-, pero como desaprovechar para mirar de más cerca, pararon y le presentó a su hermano, aquí quedó prendada. A María le gustaba ir a su ritmo, para ella bailar era cosa de uno, no de dos.
Que equivocada estaba, había encontrado su medio compás, nunca había conocido a nadie que bailase tan compenetrado con ella, como si hubiesen estado ensayando días y días, tenía la impresión de conocerlo desde siempre, no miraban sus pies, miraban sus ojos.
Hablaron poco, pero se dijeron mucho, como olvidar aquella mirada con las pupilas dilatadas mientras se mordía el labio inferior lentamente, entre cómplices, torpes y atolondradas sonrisas.
En cuanto pudieron, los demás enseguida le avisaron, era gitano. ¿qué le importaba a María el cómo, el cuando o el porqué? para ella había bajado del mismo cielo, el cielo estrellado que le estuvo enseñando toda la noche, y la siguiente y la otra... nunca antes brillaron tanto.