El cartel del ascensor (capítulo 9)
Dispuesta otra vez a hacer ganchillo, se ponía sus gafas de cerca, realmente que ojos parecía que los tenía el doble de grande con aquellas lentes, casi daba miedo cuando te miraba. Tejiendo aquellas colchas interminables, no se cuanto tiempo tardaba en hacerlas, a mi me hizo una, la verdad no se ni donde la tengo guardada, pero es toda una obra de arte, ¡qué paciencia!.
Lo que más me impresionaba era su larga cabellera, siempre llevaba moño tan bien peinado con aquellas horquillas, que me preguntaba ¿cómo se lo podía hacer ella sola?. Alguna vez cuando la había visto peinándose le decía - déjame abuela que te cepille yo el cabello-. Me parecía que estaba peinando a una anciana indígena arapahoe, aquella melena tan larga y lisa, que poco se parecían sus hijas. Al acabar el desenredo, con sus pequeñas manos huesudas tan hábiles, desaparecía todo el en una pequeña bola, tan bien dispuesta, como si cada pelo de su cabeza tuviera un lugar ordenado alfabéticamente en su cabeza.
Cuando estaba bien, no tenía tiempo de explicar tantas cosas, tampoco me preocupaba, que estuviera en su salsa de siempre, me daba ánimos, pero me tenía intrigada.
Me dijo -ven, ¿has acabado con el dibujo que estás haciendo?
Me falta un poco -le dije-.
Cuando acabes te seguiré explicando. Rápidamente, le respondí que me habían dejado una semana para entregarlo y decidida a escuchar de nuevo, corrí a su lado.
Nunca empezaba por donde había acabado, iba y venía años atrás, años adelante, y aunque intentase guiarla haciendo alguna pregunta para volver, ella contestaba escuetamente y volvía a su relato, lo único que conseguía con mis interrupciones eran cortas respuestas e intrigarme aún más, o sea que no perdía el tiempo la dejaba que fuera por el camino que ella había dispuesto para ese día.
Empezó a explicarme la muerte del abuelo Antonio, lo encontraron en el Molino del Espinal unos conocidos del pueblo. Estaba agonizando, solo entendía ¡María, María, María!, ¡escóndete y perdóname!, varios hombres lo ayudaron a ponerlo en el mulo para trasladarlo hasta el pueblo. Murió por el camino.
Por el camino decía- ¡busca a tu hermano María!, ¡búscalo por favor!. Uno de ellos dijo que lo llevarían al médico más cercano, en Motril estaba el hospital. Antonio solo repetía y repetía- tengo que ir a casa, tengo que hablar con María, por favor!, no quiero ir a ningún médico, por favor, por favor. Finalmente accedieron, pero resolvieron separarse y uno de ellos iría a la guardia civil , todo apuntaba a ser respuesta de una sangrienta pelea. Otro de ellos avisaría al doctor más cercano para que se presentase en su casa. Pero no llegó a casa vivo, como sabes. Entonces yo no sabía que querían decir esas frases, mi ofuscación, mi pena y mi rabia, mi comprensible mal ni había parado atención los primeros días en las palabras que me habían transmitido, después fueron cobrando forma, aunque no entendía que quería decir con mi hermano, solo tenía dos primas o hermanas.
La guardia civil me hizo muchas preguntas, les hable de todo, de la carta, de aquel misterioso personaje, Miguel y de que requería mi presencia en esas dos semanas, pero todo fue inútil nadie conocía a ese hombre, en el fondo yo tampoco creía que fuera el, pero... todo apuntaba... Quizás Antonio y sus celos ... habían provocado esa pelea mortal, aunque no era un hombre violento, más bien todo lo contrario... no estaba solo allí, había otro muerto, nadie sabía quien era. Ella tendría que ir a reconocer a ese otro hombre, podría ser el hombre que ella recordaba de las montañas, Miguel.
Continuará...


