El cartel del ascensor (capítulo 6)
En el suelo había tres trozos pequeños de papel; en un momento vió que más bien pertenecian a una carta hecha añicos.
En esa habitación había poca luz, encendió el candil y comenzo a mirar con detalle los tres trozos, solo había alguna palabra entera, revisó todo el suelo no había nada más, se dió cuenta que entre el espejo de la cómoda y la madera que lo aguantaba, sobresalia tímidamente un trozo más, estiró con cuidado y salieron unos más. Se fue a la cocina, miraba de encontrar algo para ayudarle en su tarea, cogió un cuchillo pero este tenía la punta demasiado ancha, se fue ha buscar una aguja de ganchillo, y con esta fué sacando uno a uno, mientras recomponía el puzzle, le seguian faltando trozos, pero tenía un nombre Miguel (otra vez Miguel)... estaba muy nervisosa había recompuesto gran parte, finalmente le faltaban trozos, pero tenía todo el escrito, y se podía leer a la perfección.
Iba pensando, en quien había hecho eso, se acordó de los ojos ocultos de su marido al mencionar la dichosa carta, seguro que esa misma.
Le tenía que explicar quien había encontrado aquel día y que le dijo, pero no había encontrado el momento, en realidad tampoco sabía que tenía que contar.
Su marido no llegaba, esa nueva chiquillada, era culpa de ella, lo sabía, seguro que con los celos infundados que llevaba siempre consigo Antonio, había mal interpretado las palabras que ella tampoco llegaba a comprender.
El poema que tenía del tal Miguel, fué a buscarlo rápidamente. Sí, la misma letra. De hecho el poema era tan dulce, como una cancioncilla inventada de una madre a sus hijos, con los personajes de la canción, también María y Miguel, sí como ellos dos, aunque de estos nombres en cada casa habían un par o más, con unos diez nombres podría nombrar a todos los de su pueblo. Era tierna, como la que ella, casi exacta, había creido inventar para los suyos, una canción de cuna.
Esperó..., pero no llegó.
Aquellas tardes de verano que nunca se acaban, el sol en medio del cielo sin ningunas ganas de irse a dormir, le empezaba a parecer que el tiempo se había parado, desesperando de impaciencia.
Se empezó a preocupar, aunque por otro lado seguro que se había quedado con los amigos en la taberna a tomarse unos chatos de vino.
Salió, los niños seguian jugando en la plaza, le dijo a la mayor que no se fuera a ningún sitio que vigilase a sus hermanos, ella tenía que salir a hacer un encargo.
Se dirigía a la taberna del pueblo, cuando oyó a lo lejos un gran alboroto, venía de la Mina, como llamaban al lavadero público del pueblo, sin saber por que se hechó a correr hacía allí, cuando estuvo cerca, a unos metros, dos mujeres se le echaron encima, una la cogió por los brazos y la otra se le abrazó al cuello llorando, no la dejaban avanzar, no veía nada, solo oía el sollozante gentío que le daba la espalda.
Cuando la vieron, uno a uno empezó a callar, hubo un silencio aterrador, le estaban abriendo un pasillo entre la multitud, oyó solo una voz que decía - ¡qué desgracia, por Dios!. Un hombre tenía su mulo cogido por las riendas, un cuerpo encima del mulo... ¿su Antonio?, sí, su Antonio...
Continuará...


