El cartel del ascensor (Capítulo 10)
Sabes que faltan solo unos días para ver a Miguel, ¡hace tanto que no lo veo! -interrumpió ella- esta vez aprovechará la compañía del viaje de nuestros sobrinos para venir a verme, y conoceros, dice que está seguro que no tendrá otra oportunidad, está muy viejo pero que aún puede viajar, que se quedará conmigo este año hasta que ellos vuelvan, allí dice que no lo necesitan para nada, que sólo estorba.
Esperaremos estos días para el final de la historia, será un relato conjunto, así podrás escucharlo en primera persona, ya verás...
Después de varios días llegó Miguel, no era la foto que tenía en la cabeza, era mucho más viejo, (claro que lo imaginaba más viejo, pero nunca llegas a quitarte la fotografía de la mente). El pelo blanco como la nieve y unos ojos azules muy profundos, parecía que tenía rayos x en la mirada y que podía leerte el pensamiento. Pasaron varios días, entre idas y venidas de casas diferentes saludando a toda la família. Poco a poco fué adaptándose y aposentándose en lo que sería su nuevo hogar temporal.
Se pasaban los días hablando de sus cosas, tenían tanto que explicarse. Los ratos que podía, iba y me sentaba de rodillas delante de la mesa del sofà, los escuchaba mientras dibujaba alguna cosa, mi deporte preferido. Casi nunca entendía nada, hablaban con nombres propios o con apodos de gente que yo no conocía ni sabía de donde eran, nada, la mitad de las veces me quedaba a dos velas.
Me ha dicho tu abuela, que tu eres la escogida -me dijo Miguel
¿La escogida?- dije yo -¿para qué?
Ya lo sabrás -me contestó
(¡De verdad!, vaya par de hermanos, son tal para cual, tantos misterios... nunca llegan al final de las cosas -pensaba yo. Y yo seguía esperando que mis preguntas se fueran desipando, pero nunca era el momento. Quizá mi madre tenía razón y solo había sido un cuento).
De repente, empiezó otra vez el relato, ahora era el mi tio-abuelo, el que me explicaba su versión:
Como ya sabías ... el otro muerto del Molino del Espinal no era yo, que aquí me ves, vivito y coleando.
Solo tenía cinco años, cuando nació tu abuela y murió mi madre, todo al mismo tiempo, odié a esa enana mucho tiempo, ...un recuerdo muy doloroso.
Al cabo de un tiempo me fuí de allí con mi padre, muy bien no sabía porqué, aunque en el fondo me alegraba no llevar a la peste de la que llamaban mi hermana, no la veía muy a menudo estaba siempre con mi abuela y mi tía, vivía con ellas, y me parecía muy bien, yo ya era todo un hombre ayudaba a mi padre en su trabajo, le era útil.
Mi padre se volvió a casar con una bellísima persona, y ... de un día para otro, otro vago recuerdo, el primer largo viaje en barco, ese viaje lo repetiría unas cuantas veces en mi vida de vuelta, y todas con la misma misión, buscar a tu abuela.
Era mi oportunidad, esa noche ella iba sola, nadie que la acompañara en su larga caminata; había buscado mil excusas para encontrarme con ella sin levantar sospechas; pero ese día todo salía a pedir de boca. Se puso a llover y se dirigió al Molino del Espinal, ¡yo no lo podía creer! todo en el mismo sitio, ¿casualidad? o sus raices hablaban y la dirigían a su destino.
Vi como entró en el Molino, esa noche de tormenta que hasta el mismo demonio se asustaría; me quedé paralizado debajo de la lluvia torrencial un rato, no quería asustarla. En momento que me disponía a entrar y cuando estaba a punto de dar el paso, ví salir a su burro cagando leches e inmediatamente ella detrás, se quedó atrapada entre las ramas, todo ocurrió muy deprisa, la saqué de allí y volví con ella al Molino. No mucho rato después paró en seco, sólo quedaba rastro en el mojado paisaje porque las estrellas volvían a relucir como si no hubiera pasado nada.
Ella seguía inconsciente, se dió un fuerte golpe con una grande rama de un arbol que le cayó encima... despertó sobresaltada.
Le fuí explicando poco a poco, que le había pasado, me dió las gracias y me dijo que volvería a casa, dejó sus cosas allí (las alforjas), volvería con el burro a recogerlas, pesaban demasiado. Le dije que la acompañaría y que por el camino le explicaría porque me encontraba allí, y porque la andaba buscando. Al principio noté mucho recelo contra mi, poco a poco fué disminuyendo su cara de asombro y convirtiéndose en una pregunta constante... tantas dudas le había creado que no me dejaba decir lo que había venido a explicarle.


